En el corazón de Alcáçovas, el tiempo se mide por el golpe del martillo sobre el metal incandescente. Visitar el taller de Chocalhos Pardalinho no es solo ver fabricar un objeto; es presenciar un rito que la UNESCO ha protegido para que no se extinga. Cada cencerro es una pieza única, afinada con el oído de quien conoce el lenguaje del ganado.
Mi objetivo en este proyecto fue capturar la belleza cruda del proceso. La luz que entra entre el humo de la fragua, las manos curtidas por el carbón y el detalle de la soldadura de latón. He buscado que las imágenes no solo se vean, sino que se sientan: el calor, el esfuerzo y la precisión necesaria para convertir una plancha de hierro en música para el campo.
Entrar en el taller de la familia Pardalinho es retroceder a un tiempo donde las cosas se hacían para durar cien años. Mientras disparaba, me di cuenta de que el sonido del cencerro no empieza en el cuello del animal, sino aquí, entre el hollín y el calor asfixiante de la fragua.
Ver a los artesanos trabajar el metal con esa mezcla de fuerza bruta y oído musical —afinando cada pieza como quien afina un piano— fue un recordatorio de por qué hago lo que hago. Mi intención con esta serie no fue solo documentar un proceso, sino capturar la resistencia de un oficio que se niega a ser silencio.
Pardalinho: El Sonido de la Tierra
